Hablar de transformación y que te suene a “Pokemon”

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Twiteábamos esta mañana acerca de la transformación de personas y de los líderes, tractores de los proyectos organizativos. Un compañero de la oficina me hacía la siguiente reflexión:

“Lanzamos mensajes sobre transformación y los nuevos modelos de dirección de personas, pero a muchos directivos, la palabra “transformación” le evoca a los Pokemon de sus hij@s”.

En cierta medida estoy de acuerdo. Tenemos un gran camino por recorrer, y afortunadamente, cada vez son más las personas que se reafirman en pequeños microcambios y dan pasos para convertir la cultura de sus organizaciones en culturas innovadoras. En el otro lado de la balanza, la amplia mayoría, que se permite el lujo de dejar el peso de la transformación en planes de formación al uso, e identifica el desarrollo directivo con cursos y seminarios de “habilidades directivas”. Y a dejar que el árbol florezca en primavera. Nada más lejos de la realidad.  El líder que necesitamos hoy en día es el que, además de ilusionar a las personas y definir el futuro, gestiona las palancas del cambio y el desarrollo de las personas, la cultura, y además lo hace en un entorno de incertidumbre y cambio continuo que implica un mercado competitivo y global. El nuevo líder debe gestionar almas de proyectos, debe gestionar el compromiso de las personas en los procesos de cambio.

Desgraciadamente esta transformación no se consigue con píldoras de formación. Implica un proceso de desarrollo personal que no todo el mundo está dispuesto / puede / sabe llevar a cabo. Leía este fin de semana un post de Carlos Andreu, en el que hacía referencia a una bonita historia de transformación; la de la ciudad de los pozos. Me ha gustado porque ligaba con la introspección, el autoconocimiento, las conversaciones y conexiones entre personas. Carlos gustosamente me ha permitido reproducirla aquí.

Están siendo unas semanas duras previas a la Semana Santa, tanto que ha repercutido en la actividad de nuestro blog. Avanzamos en proyectos y cerramos iniciativas para la vuelta, lo que nos mantiene activos. Esto, a su vez unido a un momento de cambio ilusionante en lo personal, nos ha dificultado publicar con la regularidad habitual. Espero que esta breve historia os evoque tanto como me ha sugerido a mí este fin de semana.

Link al texto original: http://carlosandreu.blogspot.com/2011/04/la-ciudad-de-los-pozos.html

Existió una vez una ciudad que en vez de estar habitada por personas estaba habitada por pozos. Pozos vivientes, pero pozos al fin al cabo. Los pozos se diferenciaban entre sí por el lugar en el que estaban excavados y por su brocal (abertura) por el que además se comunicaban. Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos, pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, como simples agujeros que se abrían en la tierra.

Un día llego a la ciudad una moda que señalaba que todo ser viviente que se precie, debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante dejaba de ser lo superficial y se centraba en el contenido. Así los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaron de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos optaron por la cultura y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola, libros y revistas.

Paso el tiempo y los pozos se llenaron por completo. Pero no se conformaron con ello así que empezaron a pensar la manera de seguir metiendo cosas en su interior. Uno fue el primero: decidió aumentar su capacidad ensanchándose. Y muchos otros pozos siguieron su ejemplo. Pero un pozo pequeño y alejado del centro de la ciudad pensó que si sus compañeros seguían ensanchándose pronto se confundirían sus bordes y cada uno perdería su identidad.

Así que se le ocurrió que en vez de aumentar su capacidad creciendo en anchura podría hacerlo en profundidad. Pero se dio cuenta que todo lo que tenía dentro le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo tenía que vaciar todo su contenido. Y eso hizo. Mientras los otros pozos engullían las cosas que él sacaba de su interior cada vez se iba haciendo más y más profundo, hasta que allí abajo, en la inmensa profundidad encontró agua.

Nunca antes otro pozo había encontrado agua. Así que sorprendido empezó a jugar con ella, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por ultimo sacando agua hacia fuera. La ciudad nunca había sido regada mas que por la escasa lluvia de la zona, así que la tierra alrededor del pozo, empezó a despertar y brotaron tréboles, flores, y pequeños troncos que después se convertirían en árboles. Un auténtico vergel que ofrecía una reparadora sombra alrededor del pozo.

Sus compañeros le preguntaban cómo había conseguido el milagro y él siempre respondía: “Esto no es un milagro, es que simplemente he buscado en mi interior, en lo profundo”. Muchos intentaron emularle pero abandonaron la idea en cuanto se dieron cuenta que para ir más a lo profundo debían vaciarse. Y continuaron llenándose de más y más cosas.

Sólo otro pozo se atrevió a vaciarse y empezó a profundizar en su interior. Y llego hasta el agua, y salpicó hacia afuera, y creo un segundo oasis verde en la ciudad. Los otros pozos les decían: “¿Y qué haréis cuando se termine el agua?”. Y ellos contestaban: “No se lo que pasará, pero por ahora, cuanta más agua saco, más agua hay”.

Un día, casi por casualidad los dos pozos, muy distantes entre sí, se dieron cuenta que el agua que habían encontrado, en el fondo de si mismos, era la misma. El mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba al otro. Se dieron cuenta que se abría para ellos la posibilidad de comunicarse de manera profunda. Esa comunicación que sólo consiguen entre sí aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar.

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