Las “inseguridades” de los primeros días

A continuación os transcribo el correo electrónico que me envió un buen amigo que reside en el extranjero, donde habla de las inseguridades que le generó el primer día de trabajo tras cambiar de empresa y los diferentes estilos de afrontamiento acerca de los cuales pudo reflexionar durante su periplo de vuelta a casa. Considero que este testimonio personal puede resultar interesante ya que a todos/as nos ha tocado vivir momentos de cambio. ¿Los gestionamos de forma adecuada? Ahí va el testimonio, a ver qué os parece…

“Resulta que hoy ha sido mi primer día en el nuevo trabajo; después de tiempo buscando he conseguido incorporarme en una organización que parece bastante atractiva. Estoy contento porque he dado lo que se llama comúnmente un salto o (siendo aún más insoportable) un paso adelante. La empresa es más grande, con presencia en muchos países y, sin extenderme demasiado, se dedica a muchas otras cosas además de mi área laboral, donde he estado centrado durante los últimos años.

Sin embargo, en mi primer día no he podido evitar acabar en un cierto estado de shock y no he hecho más que darle a la cabeza en los cuarenta minutos largos que he tardado en llegar a casa. ¿En qué he venido yo pensando? Para empezar, en que si te soy sincero, odio los “primeros días”. Los odio con todas mis fuerzas. Del mismo modo que un niño odia el primer día de colegio, el primer día del campamento de verano, y luego el primer día de la universidad, el primer día que te cambias de casa o el primer día que pones pie en territorio inhóspito para quedarte. Quizá es cosa mía y tengo un trauma infantil que debería mirarme, pero por lo general, al primer día le cojo una inquina irreversible que no se perdona ni con un buen vino acompañando la cena.

Menciono esto porque se dice/se comenta que tenemos que acoger los proyectos con fuerza e ilusión desde el principio, o si no, no vale la pena llevarlos a cabo. Lo cual es muy cierto. Con lo cual estoy muy de acuerdo. A lo cual presto mi apoyo, mi hombro, y lo que haya que poner. Pero el primer día sigue siendo bastante complicado, por mucha ilusión que exista en el proyecto. Porque el primer día, amigo mío, estamos en pelota picada en medio de un descampado, rodeado de leones y de colegas primates que nos miran desde la seguridad de los árboles. Y el estado de shock es aún mayor cuando hace menos de dos semanas dormías acomodado en una de las ramas.

Sé que soy contradictorio, algo que me da igual porque para eso estamos los humanos. Lo que supongo que me fastidia es el esfuerzo evidente de algunas personas en su primer día en parecer que se encuentran en éxtasis porque están “supermotivados” y vienen dispuestísimos a “darlo todo”, ríen de forma estruendosa y hablan sin parar y dicen “hay que ver qué pedazo de ordenador de última generación que tiene usted en la mesa Mr. Jones”. El caso es que simplemente a mí no me sale y me huelo que dentro de estas personas tan confiadas se esconde la misma inseguridad que me está agarrando a mí de la nuez. Y llegamos a uno de los quids de la cuestión que quiero tratar: las inseguridades, los miedos,…

¿He demostrado yo hoy mis miedos e inseguridades? No. Cara neutra, sonrisa cuando procede, cálido apretón de manos. ¿He estado yo inseguro? Muchísimo. Terriblemente. ¿Soy yo inseguro? Pues esto ya lo hablamos otro día.

Y en lo que me he sorprendido pensando es que quizá esta cara neutra, sonrisa cuando procede, cálido apretón de manos, etc. equivale a la risa desproporcionada, el hablar sin parar, el “he venido a comerme el mundo”, que tanto rechazo me provocaba. Son mecanismos de defensa diferentes para tipos de persona diferentes. Ambos tipos de persona pueden tener una misma ambición, pero estoy seguro de que sean como sean, sienten en el momento de poner el pie en el camino la misma inseguridad, y que la camuflan con distintas armas.

Estos pensamientos han derivado luego en la “utilidad” de la inseguridad. ¿Es la inseguridad útil? La inseguridad proviene del miedo, y el miedo se define como un estado instintivo que es, efectivamente, útil, porque nos mantiene en alerta. Cuando tenemos miedo nuestras pupilas se dilatan más para ver mejor a los enemigos, los oídos se agudizan y el corazón bombea más para transmitir más sangre a los órganos vitales (espera que cierro ahora el librillo de “fisionomía básica”). Esto es tremendamente adaptativo en la selva, oiga. ¿Pero de qué me sirve a mí que se me dilaten las pupilas, se me agudice el oído y me auto riegue de sangre que da gusto en una oficina?

Para empezar supongo que el miedo de este tipo de inseguridades no es como el pánico. Es decir, que yo al menos no he estado sudando e hiperventilando como un cosaco por el hecho de estar tremendamente nervioso. Aunque, desde luego, sí he estado más alerta que cuando estaba en la rama, con lo cual sí, la inseguridad es hasta cierto punto beneficiosa.

Luego he vuelto a pensar un poco más y me he dicho: si la inseguridad es beneficiosa, ¿por qué nos esforzamos de manera tan radical en enterrarla en lo más profundo de nuestro ser? Mostrar una inseguridad puede dar pie al fracaso sin paliativos, a no tener liderazgo, ni auto estima, ni nada de esas cosas que podemos oír en conferencias, congresos y seminarios. Y sin embargo me jugaría un brazo a que todos los seres humanos compartimos inseguridades, de un modo tan cotidiano que aprendemos a convivir con ellas. Pero, eso sí, se esconden: mirada neutra, apretón de manos, eres un machote. Una de las primeras cosas que me han dicho hoy, con cara de resignación, es la siguiente: “para trabajar para este cliente, tienes que ser muy duro”. He estado a punto de llamar a Governator para que me dé una conferencia.

Y la verdad es que, a día de hoy, no sé si parezco muy duro y soy todo lo contrario, o si parezco blando y en el fondo soy muy duro. Las dos cosas podrían ser verdad porque, al seguir pensando (fíjate lo que dan de sí los 40 minutos) he caído en otro aspecto que moldea nuestro comportamiento de forma determinante: las circunstancias. Y en este caso, las circunstancias implican algo tan básico como el lenguaje. No sería la primera vez que un alemán me oye hablar en castellano por teléfono y al terminar me dice: “pareces otro”.

Porque si algo nos da nuestro idioma es un extra de seguridad. Y bregarte en un idioma extranjero, aunque no sea algo que hayas empezado a hacer ayer, trae inseguridad. Por eso, todos los extranjeros sonríen continuamente a los nativos, porque tratan de empatizar a través de los gestos en lugar de soltar una broma natural en medio de una conversación.

Y, al sonreír mucho, demasiado, uno transmite curiosamente una sensación de inseguridad. O de indefensión. Con lo cual volvemos al inicio. Con lo cual me estoy cansando hasta yo. Y con lo cual me despido…

p.d: fíjate si ha dado de sí mi estado catatónico de vuelta a casa que me ha dado tiempo hasta para reflexionar sobre el tiburón en el estanque de peces que una compañera de tu trabajo mencionaba en vuestro blog. Una entrada con la que estoy muy de acuerdo, el tiburón te mantiene vivo, alerta y por ende también (y esto no lo decían los japoneses) inseguro.

La cuestión es de qué tamaño es el tiburón que uno pone en su propio estanque, puesto que cuanto más grande sea más peces comerá. Pero esto lo dejo para el viaje de vuelta de mañana.”

¿Qué os ha parecido? ¿Compartís su opinión? ¿Consideráis que está directamente ligado a la inseguridad? ¿Es una cuestión de recursos o de estilos de personalidad?

Share

Tags: , , , ,

comment 3 comentarios - puedes comentar o hacer ping

  1. Creo que es una cuestión de recursos, y comparto su opinión. La inseguridad del primer día, hace que no te sientas cómodo, pero también consigue que prestes atención a muchas más cosas, como la forma de relacionarse de la gente (quién manda sobre quién, qué personas son más importantes o valoradas, cómo tratar a cada uno…) y eso es importantísimo los primeros días.

    También estoy de acuerdo con lo que dice de la seguridad extra del idioma nativo. Es cuando los gestos cobran más importancia, el lenguaje no verbal.

    RESPONDER
    • Gracias por tu comentario Víctor! se lo trasladaré a mi amigo, que seguro que está encantado de ver que su opinión es compartida.
      Un saludo,
      Iñigo

      RESPONDER

Dejar un comentario