Cuando las personas NO importan

“Humillación, maltrato, disciplina, descontrol, lucha por la integridad y transformación. Y, en muchos casos, eliminación física.”

Las anteriores palabras son un breve extracto del interesante texto sobre los campos de concentración de la Dictadura de Franco publicado por El País. Salvando las distancias, son palabras que me evocan la situación que viven miles de trabajadores en España (hoy ya algunos menos tras calculados despidos sin declaración de ERE), muchos de ellos en, por ejemplo, empresas de Auditoría o Consultoría.

El pasado viernes fue el Día del Padre, festivo por estas latitudes, pero no para todos. Me comentaba una persona a la que quiero muchísimo, que desgraciadamente tuvo que trabajar en cliente, para poder cerrar las cuentas anuales, entregar toda la documentación, y que ésta pudiera ser revisada por el socio hoy lunes. Tenía que trabajar aunque no le pagarían las horas extras, no le darían un nuevo día de fiesta y lo más triste de todo, nadie se lo iba a agradecer.

No es nada nuevo en el mundo de la Auditoría; son semanas de revisión de cierres contables, consolidación de cuentas y otros menesteres, que hacen que los equipos deban realizar “un esfuerzo extra“. Pero qué quieren que les diga; no me parce normal. Soy el primero en pringar y realizar un esfuerzo extra cuando la situación lo requiere. Lo que realmente me fastidia son los proyectos en los que deliberadamente se planifica la actividad teniendo en cuenta estos esfuerzos extra y regalados, desde el primer día. Porque estrangular a los equipos debe tener un precio.

Sobre las características de esta generación de trabajadores que vive una “Explotación Remunerada” hablaba Borja Villaseca en su artículo de El País hace unos días. Muchos managers y socios harían oídos sordos ante la lectura de un texto que debería servirles de reflexión, o al menos ponerles sobre aviso de lo que va a suceder en cuanto se reactive el mercado de trabajo.

Borja reflexionaba en esta línea describiendo la situación de esta manera en su recomendable artículo:

  • Cada vez más empresas detestan su empresa, no soportan a su jefe y odian su profesión. Las personas dejan de creer en la felicidad. Trabajo y una sonrisa no caben en la misma frase.
  • Existe falta de motivación, de ilusión y de interés por tu trabajo, trabajas en roles en los que no sabes ni cual es tu cometido, a veces no sabes ni por qué te pagan. Vives proyectos empresariales en los que no crees, avanzan los meses sin que te muestren hacia dónde se dirige tu futuro profesional. Semana tras semana trabajas atrapado en “mazmorras de conformismo y resignación” (o en oficinas de reconocido nombre, cuanto más altas mejor).
  • Algunos ya llegan a definir a nuestra sociedad como la sociedad del malestar; caras largas en el metro porque es lunes y toca trabajar, calentar la silla frente a tu jefe sin nada que hacer porque ya has acabado tu cometido, pero él sigue ahí. Jornadas que se alargan hasta las 2 de la madrugada en las que únicamente vives para trabajar, tontos útiles que nunca reclamarán a sus jefes por sus derechos ante el riesgo de ser tachados de poco comprometidos. ¡Qué valor!

Además de lo apuntado, me gustaría añadir algunas líneas de cosecha propia a esta polémica, que desgraciadamente he visto de cerca en experiencias laborales pasadas.

  • Compitiendo en precio: En el contexto de la crisis actual, el cliente de estas empresas de servicios tiene la sartén por el mango. Me relataban una experiencia con un cliente de Auditoría que exigía reducir plazos (¿entiende que esto significa siempre reducir calidad del trabajo?) únicamente porque este año “tocaba re-negociar el contrato”. Es más, en el contexto de la actual crisis, la enorme competencia provoca que Auditoras y Consultoras rebajen precios en sus propuestas de venta para conseguir el contrato. Esta competencia en precio provoca que las condiciones en las que trabajarán los equipos se conviertan en infrahumanas e insostenibles.
  • ¿Merece la pena “sufrir” este proyecto?: Me pregunto: ¿Convendría fijarse límites a partir de los cuales no merezca la pena aceptar las condiciones que nos intentan imponer y perder así el contrato? ¿Existe un punto a partir del cual no merezca la pena hipotecar a tu equipo? ¿Cambiarías perder un cliente por demostrar a tu gente que ellos son más importantes que mi comisión de una venta o mi variable en septiembre? Estoy seguro que hay empresas que lo hacen. Podríamos debatir esto, dado que no conseguir ciertos contratos derivaría en una menor actividad, en tener gente parada sin proyecto, y por tanto, arriesgarse a un mayor número de despidos… Pero lo dejo a la conciencia y la integridad de cada uno. Si tu modelo de negocio únicamente se sostiene compitiendo en precio significa que hay algo que no estás haciendo bien, o por lo menos no mejor que los demás.
  • ¿Cómo vamos a llegar?: Los Socios gestores que pactan estas condiciones en muchos casos ni se plantean cómo se van a conseguir los objetivos del proyecto. Lo único que saben es que esos objetivos… se van a conseguir. Y les da igual el cómo. Estas personas asumen como algo natural que sus trabajadores hagan horas extras, que trabajen fines de semana o festivos, o que duerman dos horas al día para conseguir los hitos. Es más, ellos también lo hicieron en su momento. ¡Y están orgullosos de ello!

El 46% de los trabajadores españoles reconoce no sentirse comprometido con su compañía – La Vanguardia

  • ¿Un cambio generacional?: En verdad creo que nos encontramos ante una nueva generación que no comparte los mismos valores con los que los actuales dirigentes crecieron. Quedan pocos Yuppies. Y si nuestros valores chirrían contra los que intenta imponer la Organización, nunca estaremos comprometidos. Iñigo reflexionaba sobre estos valores hace unas semanas en su post “Reflexionando acerca de valores y compromiso”. Venía a comentar que la falta de compromiso en los jóvenes no es tanto una falta de capacidad de trabajo, sino una carencia de ilusión. Desgraciadamente, esta ilusión no se vende en packs de horas extras y esclavitud.
  • Derramar una lágrima: Si como hemos visto, nuestros valores chirrían con los de nuestra compañía, lo máximo que va a conseguir esa Organización es que comencemos los lunes esperando a que llegue el viernes. Y así una semana tras otra. El problema cuando las personas no importan, es que acaba afectándonos personalmente, llegando a llorar por ejemplo, cuando se acerca el temido lunes. Ninguna empresa merece que derrames una sola lágrima por este motivo. Es sumamente triste, pero sucede, y mucho. Porque convives 12 horas al día en equipos asfixiados, con niveles de estrés y ansiedad altísimos. Y hasta que la persona no revienta no pasa nada, porque los objetivos se van consiguiendo. Y si alguien se quema, pues tampoco pasa nada, porque abandonará la firma y la reemplazaremos por otra. Y la rueda sigue girando.

Es sumamente complicado bajarse de esa rueda. Algunas personas se dedican por ejemplo a saltar de una consultora a otra esperando que la siguiente no sea la misma mierda. Otras deciden realizar un Máster. Otras simplemente lo dejan y esperan encontrar un trabajo mejor en los próximos meses. Se da también el caso de los que pasan a trabajar en la empresa cliente en la que realizarán el mismo trabajo pero desde la otra parte. Los menos afortunados abandonan la empresa tras meses de baja por depresión… mil ejemplos.

Opino que este contexto de crisis hubiera sido el momento ideal para que las empresas movieran ficha y demostraran a sus colaboradores que las personas importan. Pero sin duda están dejando escapar esa oportunidad. Aquellas que lo hagan, saldrán más reforzadas, con trabajadores comprometidos con un proyecto que ha apostado por ellos cuando tocaba atarse los machos. El resto, verán cómo el talento se esfuma a las primeras de cambio, y tratar de seducirlos a golpe de talonario no será suficiente.

Llevamos años advirtiéndoselo… y me cuesta encontrar soluciones. No hay fórmulas mágicas. Ya saben, cuando las personas no importan…

David

Share

Tags: , , , , , ,

Dejar un comentario